Agua (chorros de deseo)

Desvió su camino hacia los lavabos y se masturbó metiendo los dedos por el mojado bañador. La humedad caliente del pubis la excitaba cada vez más.

Agua

Llegó a la piscina con media hora de retraso. Mientras se desprendía de las zapatillas de goma y adecuaba las gafas a los ojos, una calle, limitada a ambos lados por decenas de boyas color amarillo, quedó vacía. Se acercó al borde y se tiró sin pensarlo. Notó cómo los pezones se le erguían bajo la lycra, respiró hondo y comenzó a bracear para desentumecerse. Movía las piernas y los brazos sin guardar sincronía y tardaba en cruzar la piscina olímpica. Llegó exhausta y, prácticamente, se abrazó a la orilla. Bajó el cuerpo hasta quedar paralela a la pared y notó cómo un chorro de agua a presión le rozaba a la altura del pubis.

¡Oooh!… ¡qué gusto!… .

Siguió con sus ejercicios: derecha, izquierda, derecha, izquierda, hasta la orilla opuesta. Al llegar, en el momento en que flexiona las piernas buscando apoyo para el impulso, otro maravilloso chorro de agua a presión le roza, esta vez por detrás, pero fue a parar al sitio más adecuado.

Buscaba las orillas y se entretenía, balanceándose, suavemente para jugar con aquella agua maravillosa que bailaba en sus genitales y la ponía cada minuto más y más caliente. Llevaba veinte calles y ya no podía pensar en otra cosa que no fuera aferrarse a la orilla para jugar con sus movimientos a sentir cómo aquel chorro la tocaba y la deshacía de deseo. Pero el reloj marcaba “y media”. Debía salir ya para la ducha.

Se preguntaba si alguien notaría ese estado de absoluta excitación que inundaba su carne. No podía aguantar más. Desvió su camino hacia los lavabos y se masturbó metiendo los dedos por el mojado bañador. La humedad caliente del pubis la excitaba cada vez más. Hurgaba por todos sus pliegues, buscando el lugar donde procurarse más placer, mientras se movía acompasadamente ante el espejo, procurando apagar los gemidos que le subían a los labios.

Se sentía igual que cuando probó el mejor vibrador de la tienda erótica de su barrio

Tiró de la cadena y, al salir, chocó con un nadador que la miró, extrañado de verla en los lavabos masculinos.

-¡Vaya! Parece que te lo has pasado bien ahí dentro.

-¿Cómo?

-Que he visto unas piernas algo alborotadas bajo la puerta, acompañadas de sonidos excitantes.

-¿Qué hace en el aseo de señoras?

-Es el de caballeros. Debías ir ciega. Y me lo has contagiado. Mira cómo estoy, sólo de oirte. Y señaló un enorme paquete bajo tirante lycra mojada. Ven conmigo, anda; no hay nadie y podemos hacernos un favor mutuo.

-Yo … no … tengo… esas… costumbres.

-Ni yo acostumbro a oir cómo se masturba una desconocida. Venga … dijo casi en un susurro, mientras se acercaba hasta rozarla con su enorme y duro aparato y la iba empujando hacia el cubículo del urinario.

-¿Tan caliente estás?

-Mucho. Ven siéntate aquí, encima de mi polla.

-Espera, me quito el bañador.

-Sí, quítatelo y déjame que te chupe esas tetitas tan ricas.

-Ya está.

-Yo también estoy; te la voy a hincar y vas a notar más gusto que nunca ¡Ayyy! Qué calor aquí abajo, aquí, en este agujerito húmedo y blando. Toma…, toma toda para ti ¿Te gusta?

-Sí, … sí, …me gusta, … me gusta notar tu polla dura y gorda dentro. Muévete más, … muévete y no pares… .

-Dame la lengua, que te la como, que te la chupo y… ¡aaah!…¡aaah! .. que no puedo aguantar tanto gusto, … que me voy a correr… .

-Espera…, espera,… un poquito más. Tócame el coño y me deshago … ya … síiii … siiií … ¡ahoraaa! Córrete ahora conmigo…. .

-¡Uff!.. ¡uff! … ¡aaah!… ¡aaah! …. ¡Qué corrida tan rica!

-Voy a llegar tarde al trabajo. Cualquiera se apresura con esta borrachera dentro.

-¿Ves? Ha valido la pena que te confundieras de lavabo. Confúndete más a menudo, guarra, le decía al oído en un susurro.

-No me digas eso que, cuando me acuerdo, me da vergüenza, contestaba luchando con el mojado bañador que se enrollaba tercamente, negándose a tapar el cuerpo, ahíto y relajado.

-Yo no te he visto antes.

-No suelo ser centro de miradas: una mujer madura en un cuerpo maduro. Nada especial.

-El secreto está dentro.

-Sí; bueno, ¿sales tú antes y miras si viene alguien?

-Vale, colega. Se abre la puerta. Nadie a la derecha, nadie a la izquierda.

-Vía libre, camarada.

Ella sale, encogida, con la mirada baja, el gorro y las gafas en la mano derecha, y susurra:

-Adiós.

-No, hasta otra, responde él, con los ojos brillantes y una expresión de felicidad en toda la cara.

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