Un polvo con María

Tenía las piernas abiertas y el coño rezumaba esencia de sexo. Rosadito, perfumado, jugoso. Se la metí lentamente. Acariciando, antes, con la punta de mi polla sus labios. Ella contenida esperaba. Expectante. Deseosa de que la llenara completamente con mi barra de carne. Y así lo hice. Sentí como su chocho me comía. Estaba muy caliente. Y acabé haciéndome hueco, hasta el final.

Conforme avanzaba abriendo camino, ella arqueaba la espalda acoplándose por completo a mi profunda y controlada acometida. Cuando nuestros pubis se tocaron, su clítoris quedo prisionero. Toda mi verga ya estaba dentro y nos quedamos unos segundos estáticos. Regocijándonos con la ola de placer que despertaba nuestros cuerpos. Cerró los ojos, y acunada entre nubes, empezó a moverse debajo, sensual y con ritmo pausado, a lo que yo respondí follándola muy dulcemente, sintiendo como mi verga entraba y salía de su mimoso conejo.

Empezaron a escucharse los primeros gemidos. Conforme avanzaba el baile, la música pedía más entrega. La intensidad de nuestros movimientos fue en aumento. Y las caricias se hicieron más duras. Mis labios besaban su boca, mordían sus labios, mi lengua buscaba el contacto de sus pezones erectos. Me encantaba follar con María. Era una mujer tremenda. Las descargas se sucedían. Ella alzó más las piernas, levantando su hermoso trasero, buscando el ángulo adecuado. Jadeos y gritos. Saqué por completo mi rabo. Y volví a meterlo de un solo golpe.

Ella me dijo -rómpeme el coño-. Y yo volví a hacerlo. Entré y salí una y otra vez. Perforando. Taladrando. Entrando a golpes sin llamar a la puerta. Sin compasión. Abandonado a una furia lasciva. Ella se retorcía, agarraba con sus manos mi culo, apretaba mis testículos, y me miraba con ojos perdidos. El fuego, la pasión y la lujuria se apoderaron de nosotros. Ella, muy cerca de llegar al orgasmo. Yo, esforzándome por no inundarla con mi semen, esperaba el momento. El chispazo saltó y sufrimos el clímax de una eléctrica y descomunal descarga. Convulsiones y espasmos. Ella era una catarata, y su chorreo se mezcló con litros de mi esperma.

Nos quedamos quietos de nuevo. Sintiendo como nuestra agitada respiración se tranquilizaba y se relajaban nuestros músculos. Cogí mi polla y empecé a darle golpecitos con ella en su clítoris, en su monte de Venus. A María le gustaba y para demostrarlo se incorporó y se la metió en la boca. La dejó completamente limpia. Dura. Enorme. Tiesa. Con el cipote hinchado y el bálano erguido. A punto para la nueva conquista y con energías renovadas para otra exquisita batalla.

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